-Joe,
es hora de comer.. ¿Vienes a la cafetería? -Preguntó Susana
poniendo la mano sobre su estómago el cual rugía desde hace ya
varios minutos.
-No,
Susana. Estoy apunto de terminar. ¡Dame 10 minutos y te alcanzaré!
-Exclamó Joe un tanto exaltado.
Los
días en el laboratorio eran duros y estresantes pero la causa era
noble. En palabras de Joe "Un mundo sin enfermedad supondría el
cambio del ser humano tal y como lo conocemos" y vaya si tenía
razón. Nadie esperaba que nuestras proezas cambiasen el devenir de
la humanidad. Tanto para bien, como para mal.
En
aquella época tan solo era un alumno destacado en genética sin más
aspiración que la de entrar a trabajar en un laboratorio como ese y
poder empezar a jugar como solo Dios lo hace. Joe era un destacado
biotecnólogo celular con una larga lista de medallas en su
expediente a la par que una lista aún más larga de títulos
relacionados con el desarrollo genético.
Yo
solo conocía su bata blanca pero estoy seguro de que era la clase de
hombre que viste refinadamente. Con el sueldo que dicen que recibía
sería lo más lógico. Su pelo blanco siempre repeinado, su barba
gris recortada, sus gafas siempre impolutas... Era la presencia humana
hecha método.
Por
aquella época investigábamos con algo muy de moda, las células
madre y su desarrollo desde la gestación. Intentábamos, a grandes
rasgos, utilizarlas de manera que el ser humano no volviese a ser
cohibido por la enfermedad, la minusvalía o la amputación. ¡Juro
por Dios que nuestras intenciones eran buenas!
Una
vez acabado el experimento del día, Joe me dejó solo en la sala y
se dispuso a ir hacía la cafetería, no sin antes recordarme mis
pequeñas tareas. Podríamos decir que dentro de este laboratorio yo
era el “pinche de cocina”.
-
Josh, han muerto los especímenes de las jaulas B11, B14, C6 y D1.
Procede a su extracción y posterior incineración. Después
alimenta los especímenes supervivientes y recoge muestras de heces
de los inyectados de hoy -Dijo Joe con su marcado tono
serio.
Realmente,
la experimentación con animales no era uno de mis aspectos favoritos
en este trabajo. Pero como se suele decir “el fin justifica los
medios”. Me dispuse a hacer las primeras de mis comandas. Este tipo
de trabajo tenía un impacto opuesto en las ratas pues conseguíamos
especímenes tan sanos que podían sobrevivir a ser cortados con una
sierra mecánica y otros que simplemente, gracias al fármaco
retrovírico, acababan desangrándoles y, por ende, se convertían en
una bola de sangre y pus. Desgraciadamente los pequeños roedores de
las Cajas B11, B14, C6 y D1 pertenecían al segundo grupo.
Que
el fármaco matase a tan solo cuatro ratas de setenta y cinco hacía
que este fuese más de un 90% efectivo. Unos resultados
bastante prometedores, pero no sería hasta el 100% cuando se
empezaría a usar con homínidos y mas tarde con humanos. Estábamos
a las puertas del “homo futura”.
Las
ratitas gemían y gemían ¡Era su hora de comer! Comencé por la
fila A, después la B y así debería de haber sido hasta llegar a la
fila E. Sin embargo, al llegar a la fila D
una de las ratitas quedaba quieta en la esquina izquierda del
interior de su jaula respirando tan fuerte que parecía que en
cualquier momento fuera a explotar. El procedimiento exigía que bajo
ningún concepto el experimentador entrase en contacto con los
animales, pero siempre fui un inconsciente amigo de los roedores y me
decidí a agarrarlo.
La
rata me miró como si de un humano se tratase, o quizás yo pensaba
eso. Su mirada cambio al ver mi mano desnuda. Agitó su cuerpo y como
una centella mordió mi dedo meñique produciéndome un pequeño
corte en la yema del dedo. Rápidamente, saque mi mano y cerré la
jaula. Me desplacé hasta mi mesa donde tenia pañuelos y una botella
de agua. Tomé las cosas y fui al lavador de probetas donde enjuague
la herida y la limpié con mi agua. Tras limpiar y vendarme, tomé un
trago de agua y me senté en mi silla donde intenté relajarme
durante unos minutos con una pequeña cabezada.
-¡Inconsciente!
¿Cómo osas dormirte y dejas a los especímenes sin alimentar?
-Escuché somnoliento.
Desperté
súbitamente, avergonzado por la falta de responsabilidad y seriedad
que debería de tener un profesional de mi campo. Me disculpé y fui
raudo hacía las ratas donde me disponía a darles de comer.
Joe clavaba su
mirada en mí, como la clava un padre que desea que su hijo haga las
cosas bien, y yo temeroso y resentido conmigo mismo no podía dejar
de mirar por el rabillo del ojo a “papá”. Continué con mi
trabajo. Joe se sentó en mi mesa y comenzó a leer su PDA,
probablemente serían correos de la Dirección de la Empresa.
Uno de eso correos
parecía no ser demasiado agradable pues dio un golpe tan fuerte que
estuvo apunto de tirar mi ordenador. Cogió mi botella de agua y le
dio un gran trago.
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